viernes, 20 de septiembre de 2013

8 Sin color

Y así fue como, a los doce años recién cumplidos, me quedé sola. No tenía ningún pariente cercano que cuidase de mí, así que me mandaron a un orfanato a las afueras de la ciudad.

Cuando vinieron aquellos hombres a buscarme, me resistí a ir con ellos porque temía que me hicieran algo malo. No quería dejar atrás la casa en la que me había criado, ni irme del colegio donde me lo pasaba bien con mis amigas. Pensé que en el orfanato no me darían de comer lo que me daba mi yaya, y me deprimí. La echaba muchísimo de menos. ¡Ojalá estuviera aquí para decirles a esa gente que no iría allí! Ella sabría qué hacer, cómo manejar a aquellos estúpidos hombres que pretendían echarme de casa.

Pero cuando estuve en el coche de camino al orfanato, supe que mi vida se había acabado. Que nunca volvería a ser igual. Aunque con dieciocho años pudiera salir de allí, ¿qué haría? Las únicas personas a las que importaba sobre la faz de la tierra iban a estar a kilómetros de mí durante los próximos seis años. O eso creía yo.

A la semana de llegar al orfanato, vinieron Alejandra y Ana a verme. Cuando me vieron deprimida, con los ojos hundidos y ronca, supieron que lo estaba pasando fatal, y así era. No soportaba el hecho de dormir con otras niñas en la misma habitación. La comida era pésima, y me obligaban a rezar. Rezar.

Cuando llegué al orfanato, sólo tenía una ligera idea de quién era Dios, y cuando me obligaron a rezar el Padre Nuestro, creí que me lo decían en broma. ¿Por qué tenía que rezarle a un hombre que no conocía? ¿Y qué diantres hacía yo en un orfanato católico?

Comencé a fruncir el ceño. Mis amigas me miraban con aires de tristeza, quizás porque tenían una familia, y yo no. Puede que las envidiara. Que las envidiara mucho, por llegar a casa del colegio y sentarse a la mesa. Por ver un plato de macarrones con salchichas o poder jugar a algún juego. Por abrazar a su gente. Ahora sólo las tenía a ellas, y la envidia me cegaba. Me volví loca, por un momento creí que iba a romperlo todo, hacerlo pedazos y así poder desahogarme. Pero lo único que hice fue llorar, llorar hasta que dijeron que tenía que irse y me desearon buena suerte. Cuando salieron por la puerta, me abracé a la almohada y, al día siguiente, me encontraron en el suelo sin color alguno en el rostro, sólo una suave manta negra cubría mi rostro. Me latía el corazón, y yo notaba como me tocaban. Pero no quería despertar, estaba cansada de vivir en aquel mundo tan horrible.

Pero no podía derrumbarme.

Aunque quisiera morir.

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