martes, 5 de noviembre de 2013

10 Estoy sola

A las doce de la noche llegué a casa de los Anderson, la familia de Ana. No había pensado en qué dirían cuando me vieran llegar, pidiendo ayuda y sin saber qué hacer. Tenía miedo de su reacción, ya que, en el fondo, no estaban obligados a cuidar de mí, y era muy probable que no lo hicieran. 

Llamé al timbre, esperando que saliera mi amiga a recibirme con los brazos abiertos. Pero nadie vino a abrir la puerta. De repente, me di cuenta de que las persianas estaban bajadas, y de que no había un ápice de luz en varios metros a la redonda. Comenzaba a tener frío, pero era tal mi esperanza, que dormí a los pies de la puerta hasta que se hizo de día. La casa continuaba vacía y silenciosa. 

Por primera vez en mucho tiempo, la esperanza parecía haberse helado en mi interior tras aquella fría noche invernal. Sabía que nadie iba a aparecer al otro lado de la puerta. Que nadie me esperaba con los brazos abiertos.

Estaba sola. Completamente sola.

viernes, 4 de octubre de 2013

9 Escapada

Aquella mañana, una luz me despertó. La ventana estaba cerrada, al igual que la puerta. Pero las cortinas no impedían que la luz se adentrara en la habitación. Sonreí, ya que hacía mucho tiempo que no veía la luz del sol. Llevaba una semana entera allí, quizás más, pero ya no lo recordaba. Aunque comenzaba a estar más a gusto, todavía echaba de menos a mi yaya. Pero la amistad que comenzaba a tener con Ricardo lo hacía todo mucho más fácil. Jamás un chico se había preocupado tanto por mí. Parecía estar pendiente de todo lo que hiciera, como si tuviera miedo de que me pasara algo. Me quería, o eso suponía yo.

De repente, alguien llamó a la puerta, interrumpiendo mis pensamientos. La golpeó tan flojo que tuve la impresión de que lo hacía para que sólo yo le oyera. Así que me puse la bata y, a gatas, me acerqué a la puerta. Alguien había dejado una bandeja en el suelo, con un cruasán y un vaso de zumo. Me comí aquel delicioso desayuno a los pies de mi cama, tratando de no hacer ruido. Estaba delicioso y, por lo bajo, le di las gracias a mi amigo anónimo. Mi yaya solía hacer cruasanes los domingos por la mañana, solo que, en vez de zumo, me daba un vaso de leche con chocolate. Ay, mi yaya. Lo que la echaba yo de menos no podía compararse con nada en el mundo. Pero debía seguir adelante, y eso hice.

Cuando las chicas comenzaron a levantarse de la cama, escondí la bandeja en uno de mis cajones, deseando que nadie la encontrara.

Hice como si me acabara de despertar, me vestí y me dirigí al comedor, donde seguramente me esperaba otro cruasán.

***

La mañana transcurrió tranquilamente, sin complicaciones, y mi estado de ánimo me delataba. Era raro verme tan feliz, como si mi yaya no hubiera muerto y no hubieran cosas que me preocuparan. Quizás estaba aprendiendo a controlarme a mí misma. Quizás mi admirador secreto había dejado huella en mí.

Quizás tuviera un plan.

Sólo tenía que hacerme con una cuerda lo suficientemente larga para poder atarla a lo alto de la habitación, donde había una gran ventana. También busqué alguna mochila que pudiera servirme, y metí en ella algo de comida que había robado y ropa suficiente para unos cuantos días. Me emocionaba enormemente el hecho de huir. La adrenalina corría por mis venas, y supe que lo conseguiría. Pero, ¿a dónde iría? ¿A mi antigua casa, que se había quedado deshabitada? Era una buena idea, pero sería el primer lugar donde me buscarían. Ya pensaría en algo...

Conseguí una cuerda que las encargadas de la limpieza utilizaban para tender la ropa sucia. Era muy fina, pero lo suficiente larga como para no hacerme daño. Después de haberme preparado y haber dejado atrás a mis compañeras de habitación, traté de subirme a la cuerda. No conseguiría subir a pulso, así que decidí subir apoyando las piernas en la pared, como si anduviera.

Cuando me encontré a salvo, con los pies fijos en el asfalto, grité. No pronuncié una sola palabra, tan sólo ese grito de euforia y felicidad. Por fin era libre.

***

Mientras caminaba por la acera, un suave viento me acariciaba la espalda, creando pequeños escalofríos que recorrían todo mi cuerpo. Tenía una bolsa de gominolas en la mano, como aquel primer día de colegio en el que mi amiga Alejandra dejo caer ante mí una bolsa como aquella. Desde entonces, tenía una horrible predilección por las chucherías, no me importaba cómo fueran ni ellas ni su sabor. Me traían buenos recuerdos, y eso era lo que me importaba. Cuando quise darme cuenta, una lágrima corría por mi rostro, fugaz. Luego otra, y otra. Así hasta que, tumbada en la cama de mi antigua casa, dejé de llorar.

Le eché un vistazo a mi habitación. Estaba llena de carteles y estanterías con libros. Siempre me había gustado leer, aunque hacía mucho que no leía nada interesante. Quizás no tenía los ánimos suficientes para ello, o quizás tenía un hueco en mi corazón que ni los libros podían llenar.

Cogí mi bolsa de deporte, y metí en ella lo que creía que iba a necesitar. Dinero, ropa, el móvil y mi libro favorito. Sabía perfectamente a donde ir.

Sabía que me acogerían como a una hija.

Sabía que me cuidarían bien.

Sabía que Ana y su familia estarían esperándome.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Queridos lectores:

¿Cómo estáis? Espero que la primera semana de clase os haya ido bien :) ¡Y suerte para los exámenes!

Yo me paso por aquí para deciros una cosita... Primero, ayer escribí el capítulo ocho, llamado 'Sin color'. Es el penúltimo capítulo de la primera de las tres partes que componen esta historia. En breves, escribiré el noveno capítulo, y quizás la semana que viene (o la otra) comience con la segunda parte.

Muchas gracias por vuestro apoyo, y por esas (casi) 300 visitas. Día a día tengo más ilusión por continuar con esta historia, y espero terminarla algún día.

Saludos,

Paula.

P.D: Id informándome de qué os parece la historia de Helena, y si hay algo que deba cambiar, ¡tan sólo tenéis que decírmelo!

P.D(2): El noveno capítulo va a ser más largo que de costumbre, ya que voy a disponer de mucho tiempo para escribirlo.

viernes, 20 de septiembre de 2013

8 Sin color

Y así fue como, a los doce años recién cumplidos, me quedé sola. No tenía ningún pariente cercano que cuidase de mí, así que me mandaron a un orfanato a las afueras de la ciudad.

Cuando vinieron aquellos hombres a buscarme, me resistí a ir con ellos porque temía que me hicieran algo malo. No quería dejar atrás la casa en la que me había criado, ni irme del colegio donde me lo pasaba bien con mis amigas. Pensé que en el orfanato no me darían de comer lo que me daba mi yaya, y me deprimí. La echaba muchísimo de menos. ¡Ojalá estuviera aquí para decirles a esa gente que no iría allí! Ella sabría qué hacer, cómo manejar a aquellos estúpidos hombres que pretendían echarme de casa.

Pero cuando estuve en el coche de camino al orfanato, supe que mi vida se había acabado. Que nunca volvería a ser igual. Aunque con dieciocho años pudiera salir de allí, ¿qué haría? Las únicas personas a las que importaba sobre la faz de la tierra iban a estar a kilómetros de mí durante los próximos seis años. O eso creía yo.

A la semana de llegar al orfanato, vinieron Alejandra y Ana a verme. Cuando me vieron deprimida, con los ojos hundidos y ronca, supieron que lo estaba pasando fatal, y así era. No soportaba el hecho de dormir con otras niñas en la misma habitación. La comida era pésima, y me obligaban a rezar. Rezar.

Cuando llegué al orfanato, sólo tenía una ligera idea de quién era Dios, y cuando me obligaron a rezar el Padre Nuestro, creí que me lo decían en broma. ¿Por qué tenía que rezarle a un hombre que no conocía? ¿Y qué diantres hacía yo en un orfanato católico?

Comencé a fruncir el ceño. Mis amigas me miraban con aires de tristeza, quizás porque tenían una familia, y yo no. Puede que las envidiara. Que las envidiara mucho, por llegar a casa del colegio y sentarse a la mesa. Por ver un plato de macarrones con salchichas o poder jugar a algún juego. Por abrazar a su gente. Ahora sólo las tenía a ellas, y la envidia me cegaba. Me volví loca, por un momento creí que iba a romperlo todo, hacerlo pedazos y así poder desahogarme. Pero lo único que hice fue llorar, llorar hasta que dijeron que tenía que irse y me desearon buena suerte. Cuando salieron por la puerta, me abracé a la almohada y, al día siguiente, me encontraron en el suelo sin color alguno en el rostro, sólo una suave manta negra cubría mi rostro. Me latía el corazón, y yo notaba como me tocaban. Pero no quería despertar, estaba cansada de vivir en aquel mundo tan horrible.

Pero no podía derrumbarme.

Aunque quisiera morir.

domingo, 15 de septiembre de 2013

7 Triste cumpleaños

Cuando abrí los ojos, supe lo que iba a suceder. Mi yaya y mis amigos sonreían, emocionados. Ella lloraba, quizás porque me había hecho muy mayor y ya no era una niña pequeña. Mis amigos escondían  a sus espaldas decenas de regalos, y delante de ellos, en la mesa, había una enorme tarta con un lema: Feliz cumpleaños, Helena.

No sabía si alegrarme o entristecerme. Era genial sentirme un año más mayor, pero también era deprimente. Me hacía mayor. Tenía ya algún que otro grano, la piel grasa y las formas de mujer se hacían notar en mi cuerpo. Pero seguía teniendo mis ojos color miel, que siempre habían sido más claros que mi pelo. No brillaban con la misma intensidad, ya que mi entrada a la pubertad había sido dura. No había soportado dejar atrás mi infancia, olvidarme de las muñecas y comenzar a pensar con claridad. El peso de la responsabilidad caía sobre mis hombros, y hundía mis pies en la tierra.

Todo el mundo comenzaba a mirarme de una forma muy extraña, como si aquella expresión preocupada en mi rostro fuera por culpa suya. Pero cuando sonreí y comenzaron a caer lágrimas de felicidad por mi cara, supieron que estaba bien. Me querían, y yo a ellos también.

Alejandra me dio un abrazo enorme, de los suyos. Esos abrazos que te cortan la respiración y que parecen decir "no me dejes nunca". Ella no sabía todo lo que la quería, quizás algún día se lo dijera. Me demostró su cariño con un libro de poesía de uno de mis poetas favoritos, Pablo Neruda.

Ana no me abrazó. Era una manía que teníamos las dos. Simplemente, nos mirábamos a los ojos y sonreíamos, como queriendo dar las gracias. Me había regalado un anillo de plata, con una inscripción en el interior: Por nuestro secreto. Supe a que se refería, pero decidí no darle importancia. Aquel cristal formaba parte de mi pasado infantil, y no quería acordarme de aquello en un día tan bonito como ese.

El resto de mis amigos me regaló cosas que necesitaba: ropa, material, dinero... Sobre todo dinero. Sabían por las dificultades por las que mi yaya y yo estábamos pasando.

Mi yaya, la que se había gastado la mayor parte de sus ahorros en el regalo que más ilusión me ha hecho en mi vida. Fui a probármelo a la habitación, y cuando bajé los escalones con mis tacones negros, todo el mundo abrió los ojos, como si no creyeran lo que veían.

Por la escalera bajaba una niña, casi una mujer, con el pelo recogido en un alto moño que resaltaba el color de sus ojos. No iba maquillada, aunque tampoco lo necesitaba. Era muy bajita, pero con los tacones parecía mucho más alta.

Aquella chica llevaba un precioso vestido verde, que se ajustaba en la cintura para luego caer suavemente sobre sus piernas. Estaba guapísima. Rectifico, aquella niña era preciosa,

Aquella niña era yo.

A mi yaya se le saltaron las lágrimas cuando me vio aparecer tan bien vestida. Acudió a mi encuentro para darme un achuchón que me dejó sin aliento. Y yo era muy, muy feliz. El resto de los invitados aplaudía, alegre por aquel día tan bonito y emotivo.

Pero entonces, mi yaya se relajó bajó mis brazos, y todo su peso cayó sobre mí. No conseguía ver nada, ya que todo el mundo se había lanzado encima nuestra, y trataba de quitármela. A mi yaya, aquella que me había consolado cuando estaba triste y me decía que era una princesa. Aquella que siempre se preocupaba por mí. Aquella que había vendido su cuerpo para darme de comer.

Cuando me di cuenta de que estaba llorando, un hombre vestido de blanco fruncía el ceño. Aquel gesto de preocupación no me pasó desapercibido. Mi yaya estaba cada vez más pálida, y cuando vi que su pecho ya no ascendía y que el médico le cerraba los ojos, me desmayé.

Queridos lectores:

Como muchos ya saben, ha comenzado el curso escolar y entre semana no podré continuar con la historia de Helena, ya que tengo muchos deberes y muchos libros que estudiar. En cuanto tenga tiempo libre, un fin de semana o un hueco, seguiré escribiendo esta historia que, por vuestros mensajes, os está gustando mucho.

Pero tengo un adelanto para vosotros, un capítulo que publicaré el fin de semana que viene. En el próximo capítulo, Helena cumple doce años. Seis años después de haber descubierto el cristal, va a descubrir algo que empeorará su relación con la yaya. Ana y Alejandra apoyarán a la niña en esos duros momentos, poniendo en peligro su propia vida. 

¡Espero que os esté gustando mi historia, y queráis continuar leyéndola!

Saludos,

Paula.

6 Pesadillas

Al día siguiente, mis ojos estaban marcados por unas profundas ojeras que no hicieron otra cosa que preocupar a mi yaya. Había tenido un sueño poco profundo, y me había pasado toda la noche dando vueltas por la casa, yendo a la cocina a beber agua y viendo las series aburridas que echaban en la tele a las cuatro de la mañana. No había dormido más de dos o tres horas, y lo notaba.

Me encontraba mucho más pesada, tenía los ojos hundidos y ligeramente cerrados, como si cualquier luz pudiera dañarme. Podría haber afilado un cuchillo con mis labios cortados. También estaba muy pálida, bueno, todo lo pálida que podía ponerse mi piel morena. No tenía ganas de ir al colegio, así que acompañé a mi yaya al trabajo. Ya no "vendía su cuerpo", sino que ahora era dependienta de una famosa tienda de moda. Pasé horas y horas durmiendo en el almacén, que estaba lleno de ropa.Y cuando no dormía, le echaba un vistazo a los vestidos que vendían allí. Eran muy bonitos, sobre todo uno verde, que primero se ajustaba a la cintura y luego caía delicadamente alrededor de las piernas. Era precioso. Me imaginé a mí misma con aquel vestido verde, contrastando con mi piel morena.

A las nueve de la noche abandoné el almacén. Había a mi alrededor decenas de envoltorios, ya que aquel día me había alimentado a base de golosinas y barritas de chocolate.

Cuando llegué a mi casa, no tenía nada de sueño, así que aquella noche tampoco dormí.

***

A las cuatro de la mañana, o eso indicaba mi reloj; me desperté. Había tenido una pesadilla horrible, en la que aquel cristal me arañaba todo el cuerpo. La garganta, el pecho... Me desangraba y nadie hacía nada por salvarme. Me veía a mí misma, desde fuera. Parecía un río de lágrimas, sudor y sangre. Cuando desperté, no olía a sangre, pero sí a sudor, y mi rostro estaba lleno de lágrimas.

Tenía que acabar con esto cuanto antes.


Nota de la autora:
Unos meses más tarde, Helena se dio cuenta de que buscar información sobre aquel cristal era una pérdida de tiempo. Sin embargo, todas las noches soñaba con aquel cristal que la tenía tan intrigada. Algún día volvería a preocuparse por él.