Si alguna vez te has quejado de haber nacido dondequiera que lo hayas hecho, esta historia te cerrará la boca.
Me llamo Helena. Nací en algún lugar del este de África. No conozco exactamente mi procedencia, pero me siento muy orgullosa de mi origen negro. Sí, soy negra. Mi pelo es más oscuro que la noche, y aunque mis ojos también son oscuros, tienen una tonalidad más clara. A mi yaya le recuerdan al café con leche.
Siempre me he arrepentido de ser como soy, como si fuera culpa mía. Desde pequeña, los niños se han reído de mí y me han dicho cosas muy feas. Yo no les decía nada, porque tampoco les comprendía.
Paso muchas horas leyendo sobre mi gente. Sí, formo parte de la raza negra y estoy interesada en ella, desde que un niño de mi clase llamado Rafael me dijo algo muy raro, que los negros "somos la raza inferior".
Cuando cumplí los tres años, me enviaron en un barco mercante a Grecia, donde mi yaya cambió mi nombre africano, Ilina, por Helena, que daba nombre a una muchacha de la mitología griega. Allí no terminé de encajar del todo, y como no teníamos mucho dinero, decidimos ir a España, mi yaya y yo. Decían que en aquel país habría más trabajo, con lo cuál, más dinero.
Aún recuerdo mi primer día en España.
Se oía el ruido del tráfico desde el hotel donde nos alojábamos. Me costaba respirar debido a la polución. Acostumbrada al limpio aroma de los campos griegos, aquella ciudad llamada Madrid me parecía sucia y, sobre todo, llena de gente. Llena de gente que me miraba raro por la calle o me susurraban cosas que no conseguía comprender. Cuando comencé a aprender castellano, descubrí que aquellas palabras que me decían, no eran saludos, sino insultos. Llegué llorando a nuestra nueva casa, situada en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Mi yaya me acogió entre sus brazos y me dijo que todo iría bien.
Que era especial.
Y que siempre estaría conmigo.
No tardó en romper aquella promesa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario