miércoles, 11 de septiembre de 2013

2 Primer día de clase

Una de las primeras cosas que hizo mi yaya cuando llegamos a Madrid, fue apuntarme a un colegio que, aunque estaba lejos, tenía fama de ser muy bueno; y además, era público. Me sorprendió su fachada, muy bonita y antigua, como sus altas columnas, que parecían rozar el cielo. Por entonces, yo sólo tenía seis años, y no sólo era pequeña, sino que además era muy bajita. Todos mis compañeros parecían más altos que yo, mucho más robustos y, desde mi punto de vista, más inteligentes. Aunque más tarde descubrí que esa percepción se debía a mi escaso conocimiento del castellano.

No sólo era lista, sino que, según mi profesora; era creativa, alegre y tenía mucha imaginación. Me gustaba participar en todas las actividades de clase, y a las nueve de la mañana era la primera en la fila, emocionada por comenzar un día nuevo. Mis compañeros decían que el colegio era un rollo, muy aburrido e innecesario. Pero a mí me hacía tanta ilusión, que en vez de escucharles, soñaba con los interesantísimos acontecimientos que sucederían en las horas siguientes.

En mi primer día de clase, no hice ningún amigo, ya que no sabía qué decir ni qué hacer. Pero había una niña que siempre se sentaba a mi lado, y aunque sabía que yo no la entendía, me hablaba. Podría considerarla mi primera amiga. Según le entendí, se llamaba Alejandra. Tenía el pelo un poco más claro que yo, pero lo que más destacaba de ella era que tenía la cara blanca, como el resto de mis compañeros. Yo no sabía por qué era la única con la piel oscura como el chocolate, ni por qué a la salida del colegio, venían sus padres a buscarles, vestidos con traje y corbata. Mi yaya traía su vestido de toda la vida, de color azul turquesa, que caía sobre sus pies, escondidos en sus zapatillas blancas. También solía ponerse un pañuelo negro que le retiraba el pelo de la cara, dejando ver sus bonitas facciones. Mi yaya, aunque fuera muy mayor, era la mujer más hermosa que había visto jamás.

Cuando salí del colegio, me senté en un banco a esperar a mi yaya. De repente, se acercó Alejandra corriendo. Llevaba algo entre las manos, pero no conseguí averiguar el contenido de aquella bolsita transparente. Cuando aquella expresión de interés comenzó a notarse en mi rostro, Alejandra extendió el brazo, y dejo caer sobre mi regazo una bolsa de gominolas. Todavía no sabía dar las gracias en castellano, ni decir cualquier otra palabra que pudiera expresar mi gratitud. Así que me levanté del banco y me quedé paralizada delante suya. Ella no se esperaba lo que hice a continuación. La estreché entre mis brazos fuerte, muy fuerte, mientras una sonrisa de felicidad se extendía por mi rostro.

Sí, definitivamente, Alejandra era una buena amiga.

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