sábado, 21 de septiembre de 2013

Queridos lectores:

¿Cómo estáis? Espero que la primera semana de clase os haya ido bien :) ¡Y suerte para los exámenes!

Yo me paso por aquí para deciros una cosita... Primero, ayer escribí el capítulo ocho, llamado 'Sin color'. Es el penúltimo capítulo de la primera de las tres partes que componen esta historia. En breves, escribiré el noveno capítulo, y quizás la semana que viene (o la otra) comience con la segunda parte.

Muchas gracias por vuestro apoyo, y por esas (casi) 300 visitas. Día a día tengo más ilusión por continuar con esta historia, y espero terminarla algún día.

Saludos,

Paula.

P.D: Id informándome de qué os parece la historia de Helena, y si hay algo que deba cambiar, ¡tan sólo tenéis que decírmelo!

P.D(2): El noveno capítulo va a ser más largo que de costumbre, ya que voy a disponer de mucho tiempo para escribirlo.

viernes, 20 de septiembre de 2013

8 Sin color

Y así fue como, a los doce años recién cumplidos, me quedé sola. No tenía ningún pariente cercano que cuidase de mí, así que me mandaron a un orfanato a las afueras de la ciudad.

Cuando vinieron aquellos hombres a buscarme, me resistí a ir con ellos porque temía que me hicieran algo malo. No quería dejar atrás la casa en la que me había criado, ni irme del colegio donde me lo pasaba bien con mis amigas. Pensé que en el orfanato no me darían de comer lo que me daba mi yaya, y me deprimí. La echaba muchísimo de menos. ¡Ojalá estuviera aquí para decirles a esa gente que no iría allí! Ella sabría qué hacer, cómo manejar a aquellos estúpidos hombres que pretendían echarme de casa.

Pero cuando estuve en el coche de camino al orfanato, supe que mi vida se había acabado. Que nunca volvería a ser igual. Aunque con dieciocho años pudiera salir de allí, ¿qué haría? Las únicas personas a las que importaba sobre la faz de la tierra iban a estar a kilómetros de mí durante los próximos seis años. O eso creía yo.

A la semana de llegar al orfanato, vinieron Alejandra y Ana a verme. Cuando me vieron deprimida, con los ojos hundidos y ronca, supieron que lo estaba pasando fatal, y así era. No soportaba el hecho de dormir con otras niñas en la misma habitación. La comida era pésima, y me obligaban a rezar. Rezar.

Cuando llegué al orfanato, sólo tenía una ligera idea de quién era Dios, y cuando me obligaron a rezar el Padre Nuestro, creí que me lo decían en broma. ¿Por qué tenía que rezarle a un hombre que no conocía? ¿Y qué diantres hacía yo en un orfanato católico?

Comencé a fruncir el ceño. Mis amigas me miraban con aires de tristeza, quizás porque tenían una familia, y yo no. Puede que las envidiara. Que las envidiara mucho, por llegar a casa del colegio y sentarse a la mesa. Por ver un plato de macarrones con salchichas o poder jugar a algún juego. Por abrazar a su gente. Ahora sólo las tenía a ellas, y la envidia me cegaba. Me volví loca, por un momento creí que iba a romperlo todo, hacerlo pedazos y así poder desahogarme. Pero lo único que hice fue llorar, llorar hasta que dijeron que tenía que irse y me desearon buena suerte. Cuando salieron por la puerta, me abracé a la almohada y, al día siguiente, me encontraron en el suelo sin color alguno en el rostro, sólo una suave manta negra cubría mi rostro. Me latía el corazón, y yo notaba como me tocaban. Pero no quería despertar, estaba cansada de vivir en aquel mundo tan horrible.

Pero no podía derrumbarme.

Aunque quisiera morir.

domingo, 15 de septiembre de 2013

7 Triste cumpleaños

Cuando abrí los ojos, supe lo que iba a suceder. Mi yaya y mis amigos sonreían, emocionados. Ella lloraba, quizás porque me había hecho muy mayor y ya no era una niña pequeña. Mis amigos escondían  a sus espaldas decenas de regalos, y delante de ellos, en la mesa, había una enorme tarta con un lema: Feliz cumpleaños, Helena.

No sabía si alegrarme o entristecerme. Era genial sentirme un año más mayor, pero también era deprimente. Me hacía mayor. Tenía ya algún que otro grano, la piel grasa y las formas de mujer se hacían notar en mi cuerpo. Pero seguía teniendo mis ojos color miel, que siempre habían sido más claros que mi pelo. No brillaban con la misma intensidad, ya que mi entrada a la pubertad había sido dura. No había soportado dejar atrás mi infancia, olvidarme de las muñecas y comenzar a pensar con claridad. El peso de la responsabilidad caía sobre mis hombros, y hundía mis pies en la tierra.

Todo el mundo comenzaba a mirarme de una forma muy extraña, como si aquella expresión preocupada en mi rostro fuera por culpa suya. Pero cuando sonreí y comenzaron a caer lágrimas de felicidad por mi cara, supieron que estaba bien. Me querían, y yo a ellos también.

Alejandra me dio un abrazo enorme, de los suyos. Esos abrazos que te cortan la respiración y que parecen decir "no me dejes nunca". Ella no sabía todo lo que la quería, quizás algún día se lo dijera. Me demostró su cariño con un libro de poesía de uno de mis poetas favoritos, Pablo Neruda.

Ana no me abrazó. Era una manía que teníamos las dos. Simplemente, nos mirábamos a los ojos y sonreíamos, como queriendo dar las gracias. Me había regalado un anillo de plata, con una inscripción en el interior: Por nuestro secreto. Supe a que se refería, pero decidí no darle importancia. Aquel cristal formaba parte de mi pasado infantil, y no quería acordarme de aquello en un día tan bonito como ese.

El resto de mis amigos me regaló cosas que necesitaba: ropa, material, dinero... Sobre todo dinero. Sabían por las dificultades por las que mi yaya y yo estábamos pasando.

Mi yaya, la que se había gastado la mayor parte de sus ahorros en el regalo que más ilusión me ha hecho en mi vida. Fui a probármelo a la habitación, y cuando bajé los escalones con mis tacones negros, todo el mundo abrió los ojos, como si no creyeran lo que veían.

Por la escalera bajaba una niña, casi una mujer, con el pelo recogido en un alto moño que resaltaba el color de sus ojos. No iba maquillada, aunque tampoco lo necesitaba. Era muy bajita, pero con los tacones parecía mucho más alta.

Aquella chica llevaba un precioso vestido verde, que se ajustaba en la cintura para luego caer suavemente sobre sus piernas. Estaba guapísima. Rectifico, aquella niña era preciosa,

Aquella niña era yo.

A mi yaya se le saltaron las lágrimas cuando me vio aparecer tan bien vestida. Acudió a mi encuentro para darme un achuchón que me dejó sin aliento. Y yo era muy, muy feliz. El resto de los invitados aplaudía, alegre por aquel día tan bonito y emotivo.

Pero entonces, mi yaya se relajó bajó mis brazos, y todo su peso cayó sobre mí. No conseguía ver nada, ya que todo el mundo se había lanzado encima nuestra, y trataba de quitármela. A mi yaya, aquella que me había consolado cuando estaba triste y me decía que era una princesa. Aquella que siempre se preocupaba por mí. Aquella que había vendido su cuerpo para darme de comer.

Cuando me di cuenta de que estaba llorando, un hombre vestido de blanco fruncía el ceño. Aquel gesto de preocupación no me pasó desapercibido. Mi yaya estaba cada vez más pálida, y cuando vi que su pecho ya no ascendía y que el médico le cerraba los ojos, me desmayé.

Queridos lectores:

Como muchos ya saben, ha comenzado el curso escolar y entre semana no podré continuar con la historia de Helena, ya que tengo muchos deberes y muchos libros que estudiar. En cuanto tenga tiempo libre, un fin de semana o un hueco, seguiré escribiendo esta historia que, por vuestros mensajes, os está gustando mucho.

Pero tengo un adelanto para vosotros, un capítulo que publicaré el fin de semana que viene. En el próximo capítulo, Helena cumple doce años. Seis años después de haber descubierto el cristal, va a descubrir algo que empeorará su relación con la yaya. Ana y Alejandra apoyarán a la niña en esos duros momentos, poniendo en peligro su propia vida. 

¡Espero que os esté gustando mi historia, y queráis continuar leyéndola!

Saludos,

Paula.

6 Pesadillas

Al día siguiente, mis ojos estaban marcados por unas profundas ojeras que no hicieron otra cosa que preocupar a mi yaya. Había tenido un sueño poco profundo, y me había pasado toda la noche dando vueltas por la casa, yendo a la cocina a beber agua y viendo las series aburridas que echaban en la tele a las cuatro de la mañana. No había dormido más de dos o tres horas, y lo notaba.

Me encontraba mucho más pesada, tenía los ojos hundidos y ligeramente cerrados, como si cualquier luz pudiera dañarme. Podría haber afilado un cuchillo con mis labios cortados. También estaba muy pálida, bueno, todo lo pálida que podía ponerse mi piel morena. No tenía ganas de ir al colegio, así que acompañé a mi yaya al trabajo. Ya no "vendía su cuerpo", sino que ahora era dependienta de una famosa tienda de moda. Pasé horas y horas durmiendo en el almacén, que estaba lleno de ropa.Y cuando no dormía, le echaba un vistazo a los vestidos que vendían allí. Eran muy bonitos, sobre todo uno verde, que primero se ajustaba a la cintura y luego caía delicadamente alrededor de las piernas. Era precioso. Me imaginé a mí misma con aquel vestido verde, contrastando con mi piel morena.

A las nueve de la noche abandoné el almacén. Había a mi alrededor decenas de envoltorios, ya que aquel día me había alimentado a base de golosinas y barritas de chocolate.

Cuando llegué a mi casa, no tenía nada de sueño, así que aquella noche tampoco dormí.

***

A las cuatro de la mañana, o eso indicaba mi reloj; me desperté. Había tenido una pesadilla horrible, en la que aquel cristal me arañaba todo el cuerpo. La garganta, el pecho... Me desangraba y nadie hacía nada por salvarme. Me veía a mí misma, desde fuera. Parecía un río de lágrimas, sudor y sangre. Cuando desperté, no olía a sangre, pero sí a sudor, y mi rostro estaba lleno de lágrimas.

Tenía que acabar con esto cuanto antes.


Nota de la autora:
Unos meses más tarde, Helena se dio cuenta de que buscar información sobre aquel cristal era una pérdida de tiempo. Sin embargo, todas las noches soñaba con aquel cristal que la tenía tan intrigada. Algún día volvería a preocuparse por él.

viernes, 13 de septiembre de 2013

5 El cristal

No fue difícil saltar la verja del colegio. Era muy alta, pero tenía muchas barras atravesadas horizontalmente, y pudimos apoyarnos en ellas para escalar. Lo más difícil fue cuando estábamos en lo alto, y un pequeño mareo me sacudió. Estuve a punto de caerme, pero Ana me sujetó. Desde arriba, podíamos ver las ventanas, cerradas a cal y canto, pero que no nos impedían mirar en su interior. Alejandra parecía asustada y, probablemente, preocupada. Sentí pena por ella, ya que no había pensado en mi mejor amiga para aquel peligroso viaje.

Nos fue bastante complicado bajar de nuevo al otro lado, pero en cuestión de minutos estábamos con los pies en el suelo y a salvo. Corrimos a toda velocidad hasta el parque mas cercano. Bajamos por el tobogán, nos subimos en los coches y nos sentamos en los columpios. Nadie sabe cuántas horas estuvimos columpiándonos. Estuvimos tanto tiempo, que cuando nos bajamos estábamos muy mareadas y nos tropezamos, cayendo al suelo torpemente. La arena del parque era suave y lisa, pero al caer me corté con algo en el brazo. Al levantarme, me desorienté, y tuvimos que revolver en la tierra hasta encontrar aquello con lo que me había cortado.

Era un trozo de cristal. Pero no era transparente, sino que estaba pintado de múltiples colores, lleno de formas y estampados. Era irregular, y mientras los examinábamos tuvimos miedo de cortarnos de nuevo con él. Le dimos la vuelta, y nos encontramos con que estaba lleno de palabras que para Ana no tenían ningún significado, pero para mí sí. "Palacio de Cristal", eso es lo que ponía en aquel curioso cristal que habíamos encontrado en el parque.

Cualquier otra  persona habría arrojado el cristal al suelo y habría continuado con sus quehaceres. Pero si algo me caracterizaba, era mi peligrosa curiosidad.

***

En cuestión de minutos, Ana y yo entrábamos por la puerta principal del Retiro. Era un parque precioso, lleno de árboles y tranquilos caminos por los que la gente caminaba sin prisa alguna. Nos dirigimos al Palacio de Cristal, a donde había ido con mi yaya unas semanas atrás. Entramos dentro, pero al ver que no había nada, decidimos salir del edificio y rodearlo. En la parte de atrás del Palacio había escrita otra dirección. "Estatua del Ángel Caído". Aquel monumento también se encontraba en el Recreo, y habrían ido si no fuera por el miedo que comenzaba a notarse en sus sonrojadas y sudorosas caras.

Quizás aquello no fuera una buena idea. Y de hecho, no lo era. Así que decidimos coger el metro y volver cada una nuestra casa.

Aquella noche, dejé encendida la lámpara cuando me fui a dormir. A mis recién cumplidos siete años, lo lógico sería que la hubiera dejado encendida por el miedo a la oscuridad. Pero cuando mi yaya vino a darme un beso de buenas noches, y apagó la luz, no pensé en que hubiera monstruos debajo de mi cama o en el interior de mi armario.

Porque lo único que ocupaba mi mente, era el cristal.


miércoles, 11 de septiembre de 2013

4 Aquella niña tan extraña

Un día la profesora nos informó de que íbamos a tener una compañera nueva. Dijo que era como yo, pero no sabía a que se refería. A lo mejor tenía la misma imaginación que yo, o era igual de bajita. Pero cuando la vimos entrar a clase, supe a que se refería.

Tenía la piel del color del cacao, más oscura aún que yo. Curiosamente, sus ojos eran verdes, pero de un verde tan oscuro que casi ni se notaba; y estaban llorosos, como cuando perdí a mi peluche favorito con cuatro años. Era más alta que yo, ¿pero quién no lo era? Estaba en los huesos, y tan solo llevaba un vestido blanco descolorido con unas chanclas también blancas. Colgaba de su cuello un símbolo muy extraño. Era como una estrella, pero en vez de tener cinco puntas, tenía seis.

Observé a la niña durante mucho tiempo, hasta que me dí cuenta de que los niños se reían de ella. ¿Por qué lo hacían? ¿Era por su vestido? ¿O por su colgante? La profesora les regañó, y nos dio un discurso sobre religiones, costumbres y razas. No sé por qué, pero mis compañeros me miraban de una manera muy extraña; a mí, y a la niña nueva,que se había sentado a mi lado y miraba hacia abajo, avergonzada. Yo no entendía el por qué de aquella situación. Y le pregunté a mi profesora:

Seño, ¿por qué miran raro a Ana?

Pero mi profesora no respondió. Entonces, sonó el timbre del recreo, y todos los niños salieron rápidamente del aula, excepto Ana, que se había quedado en su sitio.

—¿Por qué no vienes? —pregunté en mi idioma natal, por si ella también era de allí.

Sorprendida, Ana levantó la cabeza al oír que la muchacha había hablado en su idioma. Aunque todavía estaba asustada, decidió levantarse e ir con aquella niña tan extraña que hablaba como ella.

***

—¿Quieres un poco de mi bocadillo? —le pregunté ofreciéndole un trozo de mi bocadillo. Estábamos sentadas con Alejandra en unas escaleras que había en el patio, y los niños miraban mal a Ana cuando pasaban delante de ella.

—No tengo hambre —dijo ella, pero por su cara supe que sí lo tenía, así que insistí y le puse en las manos ese trozo de comida. Asustada, apartó las manos, y el bocadillo se cayó al suelo. Lo miré con lástima, ya que yo también tenía hambre y era lo último que me quedaba. —Lo siento, de verdad.

—No pasa nada —susurré mientras sonreía. —Pero la próxima vez que te dé comida, cógela.

Ana asintió, mientras cogía el bocadillo del suelo y lo limpiaba. Me daba un poco de asco, pero comprendí que tenía hambre, y la dejé hacer.

Cuando sonó el timbre que daba comienzo a la cuarta clase, Ana se estremeció. No se la veía muy contenta por entrar en clase, y no pude evitar sentir lástima por ella.

—Oye, ¿y si no vamos a clase? Podemos saltar la verja e ir al parque. ¿Qué te parece? —pregunté con temor.

—Vale —respondió Ana, poco segura de lo que iba a hacer.

—¡Será una gran aventura! —grité yo, notando como la adrenalina corría por mis venas.


3 El trabajo de mi yaya

Mi yaya comenzó trabajando de camarera en un bar a las afueras de la ciudad. Ganaba suficiente dinero para que ambas viviéramos holgadamente. Podíamos permitirnos algún capricho, aunque sólo durante las primeras semanas, ya que al tercer mes, le bajaron el sueldo. Seguíamos teniendo lo suficiente para vivir, pero la vida comenzaba a ser un poco más dura.

Ella, a pesar de haber cumplido ya los cincuenta, estaba en buena forma, ya que en Grecia se había pasado horas y horas cultivando hortalizas. Estaba curtida, y acostumbrada al calor del julio griego, estar en un bar con aire acondicionado le parecía perfecto. Mi yaya tenía muy buena memoria, así que podría considerarse que el trabajo de mi yaya era fácil.

Vivíamos felices, sin preocupaciones y con dinero en la cartera. Todo nos iba a las mil maravillas, ambas hablábamos ya un español muy fluido y mis notas en el colegio ascendieron.

Pero un día, estando tumbadas en el sofá viendo la televisión, llegó una carta. Era una carta de despido.

A partir de entonces, dejó de entrar dinero en mi casa, y sólo nos mantuvimos unas pocas semanas con algunos ahorros que tenía mi yaya. Buscaba trabajo en todos lados, e incluso la oí decir un día algo de "vender su cuerpo". ¿Cómo una persona puede vender su cuerpo? No lo comprendía, pero mi yaya encontró trabajo en aquella extraña profesión. Estaba en casa durante el día, y trabajaba por la noche. Pero yo no era tonta, e intuía que algo malo estaba sucediendo. Así que, un día, hice lo que no debería haber hecho jamás.

Entré en el supermercado del barrio. Estaba llenísimo de gente, y con lo pequeña que era, nadie me veía. Aunque hacía calor, llevaba una chaqueta que me llegaba por las rodillas. Ahí fue donde guardé la comida. Un par de manzanas, chorizo y una barra de pan. Como aquellos alimentos no llevaban alarma, no me costó escabullirme de la tienda y volver a casa sin ser descubierta. Cuando mi yaya llegó a casa y vio la comida, me miró con cara de asombro.

—Helena, ¿de dónde ha salido toda esta comida? —preguntó ella, extrañada.

—La he cogido —susurré.

—¿De dónde, Helena? ¿Lo has robado? —preguntó mi yaya entristecida.

No hizo falta que la respondiera, porque ella sabía perfectamente que había dado en el clavo. Me abrazó, y me murmuró en el oído unas palabras de alivio:

—Cariño, tenemos suficiente dinero, no es necesario robar —dijo mi yaya, tratando de convencerme.

Vi en sus ojos aquella duda. Ella sabía que no estaba convencida, y que es probable que volviera a robar en el supermercado. Pero no dijo nada. Se limitó a ponerse el camisón y tumbarse conmigo en la cama. Ninguna de las dos dijo nada. En aquel momento, las palabras sobraban.

Y supe que mi yaya me quería, porque era capaz de "vender su cuerpo" por mí.

2 Primer día de clase

Una de las primeras cosas que hizo mi yaya cuando llegamos a Madrid, fue apuntarme a un colegio que, aunque estaba lejos, tenía fama de ser muy bueno; y además, era público. Me sorprendió su fachada, muy bonita y antigua, como sus altas columnas, que parecían rozar el cielo. Por entonces, yo sólo tenía seis años, y no sólo era pequeña, sino que además era muy bajita. Todos mis compañeros parecían más altos que yo, mucho más robustos y, desde mi punto de vista, más inteligentes. Aunque más tarde descubrí que esa percepción se debía a mi escaso conocimiento del castellano.

No sólo era lista, sino que, según mi profesora; era creativa, alegre y tenía mucha imaginación. Me gustaba participar en todas las actividades de clase, y a las nueve de la mañana era la primera en la fila, emocionada por comenzar un día nuevo. Mis compañeros decían que el colegio era un rollo, muy aburrido e innecesario. Pero a mí me hacía tanta ilusión, que en vez de escucharles, soñaba con los interesantísimos acontecimientos que sucederían en las horas siguientes.

En mi primer día de clase, no hice ningún amigo, ya que no sabía qué decir ni qué hacer. Pero había una niña que siempre se sentaba a mi lado, y aunque sabía que yo no la entendía, me hablaba. Podría considerarla mi primera amiga. Según le entendí, se llamaba Alejandra. Tenía el pelo un poco más claro que yo, pero lo que más destacaba de ella era que tenía la cara blanca, como el resto de mis compañeros. Yo no sabía por qué era la única con la piel oscura como el chocolate, ni por qué a la salida del colegio, venían sus padres a buscarles, vestidos con traje y corbata. Mi yaya traía su vestido de toda la vida, de color azul turquesa, que caía sobre sus pies, escondidos en sus zapatillas blancas. También solía ponerse un pañuelo negro que le retiraba el pelo de la cara, dejando ver sus bonitas facciones. Mi yaya, aunque fuera muy mayor, era la mujer más hermosa que había visto jamás.

Cuando salí del colegio, me senté en un banco a esperar a mi yaya. De repente, se acercó Alejandra corriendo. Llevaba algo entre las manos, pero no conseguí averiguar el contenido de aquella bolsita transparente. Cuando aquella expresión de interés comenzó a notarse en mi rostro, Alejandra extendió el brazo, y dejo caer sobre mi regazo una bolsa de gominolas. Todavía no sabía dar las gracias en castellano, ni decir cualquier otra palabra que pudiera expresar mi gratitud. Así que me levanté del banco y me quedé paralizada delante suya. Ella no se esperaba lo que hice a continuación. La estreché entre mis brazos fuerte, muy fuerte, mientras una sonrisa de felicidad se extendía por mi rostro.

Sí, definitivamente, Alejandra era una buena amiga.

martes, 10 de septiembre de 2013

1 Helena

Si alguna vez te has quejado de haber nacido dondequiera que lo hayas hecho, esta historia te cerrará la boca.

Me llamo Helena. Nací en algún lugar del este de África. No conozco exactamente mi procedencia, pero me siento muy orgullosa de mi origen negro. Sí, soy negra. Mi pelo es más oscuro que la noche, y aunque mis ojos también son oscuros, tienen una tonalidad más clara. A mi yaya le recuerdan al café con leche.

Siempre me he arrepentido de ser como soy, como si fuera culpa mía. Desde pequeña, los niños se han reído de mí y me han dicho cosas muy feas. Yo no les decía nada, porque tampoco les comprendía.

Paso muchas horas leyendo sobre mi gente. Sí, formo parte de la raza negra y estoy interesada en ella, desde que un niño de mi clase llamado Rafael me dijo algo muy raro, que los negros "somos la raza inferior".

Cuando cumplí los tres años, me enviaron en un barco mercante a Grecia, donde mi yaya cambió mi nombre africano, Ilina, por Helena, que daba nombre a una muchacha de la mitología griega. Allí no terminé de encajar del todo, y como no teníamos mucho dinero, decidimos ir a España, mi yaya y yo. Decían que en aquel país habría más trabajo, con lo cuál, más dinero.

Aún recuerdo mi primer día en España.

Se oía el ruido del tráfico desde el hotel donde nos alojábamos. Me costaba respirar debido a la polución. Acostumbrada al limpio aroma de los campos griegos, aquella ciudad llamada Madrid me parecía sucia y, sobre todo, llena de gente. Llena de gente que me miraba raro por la calle o me susurraban cosas que no conseguía comprender. Cuando comencé a aprender castellano, descubrí que aquellas palabras que me decían, no eran saludos, sino insultos. Llegué llorando a nuestra nueva casa, situada en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Mi yaya me acogió entre sus brazos y me dijo que todo iría bien.

Que era especial.

Y que siempre estaría conmigo.

No tardó en romper aquella promesa.