Ella, a pesar de haber cumplido ya los cincuenta, estaba en buena forma, ya que en Grecia se había pasado horas y horas cultivando hortalizas. Estaba curtida, y acostumbrada al calor del julio griego, estar en un bar con aire acondicionado le parecía perfecto. Mi yaya tenía muy buena memoria, así que podría considerarse que el trabajo de mi yaya era fácil.
Vivíamos felices, sin preocupaciones y con dinero en la cartera. Todo nos iba a las mil maravillas, ambas hablábamos ya un español muy fluido y mis notas en el colegio ascendieron.
Pero un día, estando tumbadas en el sofá viendo la televisión, llegó una carta. Era una carta de despido.
A partir de entonces, dejó de entrar dinero en mi casa, y sólo nos mantuvimos unas pocas semanas con algunos ahorros que tenía mi yaya. Buscaba trabajo en todos lados, e incluso la oí decir un día algo de "vender su cuerpo". ¿Cómo una persona puede vender su cuerpo? No lo comprendía, pero mi yaya encontró trabajo en aquella extraña profesión. Estaba en casa durante el día, y trabajaba por la noche. Pero yo no era tonta, e intuía que algo malo estaba sucediendo. Así que, un día, hice lo que no debería haber hecho jamás.
Entré en el supermercado del barrio. Estaba llenísimo de gente, y con lo pequeña que era, nadie me veía. Aunque hacía calor, llevaba una chaqueta que me llegaba por las rodillas. Ahí fue donde guardé la comida. Un par de manzanas, chorizo y una barra de pan. Como aquellos alimentos no llevaban alarma, no me costó escabullirme de la tienda y volver a casa sin ser descubierta. Cuando mi yaya llegó a casa y vio la comida, me miró con cara de asombro.
—Helena, ¿de dónde ha salido toda esta comida? —preguntó ella, extrañada.
—La he cogido —susurré.
—¿De dónde, Helena? ¿Lo has robado? —preguntó mi yaya entristecida.
No hizo falta que la respondiera, porque ella sabía perfectamente que había dado en el clavo. Me abrazó, y me murmuró en el oído unas palabras de alivio:
—Cariño, tenemos suficiente dinero, no es necesario robar —dijo mi yaya, tratando de convencerme.
Vi en sus ojos aquella duda. Ella sabía que no estaba convencida, y que es probable que volviera a robar en el supermercado. Pero no dijo nada. Se limitó a ponerse el camisón y tumbarse conmigo en la cama. Ninguna de las dos dijo nada. En aquel momento, las palabras sobraban.
Y supe que mi yaya me quería, porque era capaz de "vender su cuerpo" por mí.
Pero un día, estando tumbadas en el sofá viendo la televisión, llegó una carta. Era una carta de despido.
A partir de entonces, dejó de entrar dinero en mi casa, y sólo nos mantuvimos unas pocas semanas con algunos ahorros que tenía mi yaya. Buscaba trabajo en todos lados, e incluso la oí decir un día algo de "vender su cuerpo". ¿Cómo una persona puede vender su cuerpo? No lo comprendía, pero mi yaya encontró trabajo en aquella extraña profesión. Estaba en casa durante el día, y trabajaba por la noche. Pero yo no era tonta, e intuía que algo malo estaba sucediendo. Así que, un día, hice lo que no debería haber hecho jamás.
Entré en el supermercado del barrio. Estaba llenísimo de gente, y con lo pequeña que era, nadie me veía. Aunque hacía calor, llevaba una chaqueta que me llegaba por las rodillas. Ahí fue donde guardé la comida. Un par de manzanas, chorizo y una barra de pan. Como aquellos alimentos no llevaban alarma, no me costó escabullirme de la tienda y volver a casa sin ser descubierta. Cuando mi yaya llegó a casa y vio la comida, me miró con cara de asombro.
—Helena, ¿de dónde ha salido toda esta comida? —preguntó ella, extrañada.
—La he cogido —susurré.
—¿De dónde, Helena? ¿Lo has robado? —preguntó mi yaya entristecida.
No hizo falta que la respondiera, porque ella sabía perfectamente que había dado en el clavo. Me abrazó, y me murmuró en el oído unas palabras de alivio:
—Cariño, tenemos suficiente dinero, no es necesario robar —dijo mi yaya, tratando de convencerme.
Vi en sus ojos aquella duda. Ella sabía que no estaba convencida, y que es probable que volviera a robar en el supermercado. Pero no dijo nada. Se limitó a ponerse el camisón y tumbarse conmigo en la cama. Ninguna de las dos dijo nada. En aquel momento, las palabras sobraban.
Y supe que mi yaya me quería, porque era capaz de "vender su cuerpo" por mí.
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