No fue difícil saltar la verja del colegio. Era muy alta, pero tenía muchas barras atravesadas horizontalmente, y pudimos apoyarnos en ellas para escalar. Lo más difícil fue cuando estábamos en lo alto, y un pequeño mareo me sacudió. Estuve a punto de caerme, pero Ana me sujetó. Desde arriba, podíamos ver las ventanas, cerradas a cal y canto, pero que no nos impedían mirar en su interior. Alejandra parecía asustada y, probablemente, preocupada. Sentí pena por ella, ya que no había pensado en mi mejor amiga para aquel peligroso viaje.
Nos fue bastante complicado bajar de nuevo al otro lado, pero en cuestión de minutos estábamos con los pies en el suelo y a salvo. Corrimos a toda velocidad hasta el parque mas cercano. Bajamos por el tobogán, nos subimos en los coches y nos sentamos en los columpios. Nadie sabe cuántas horas estuvimos columpiándonos. Estuvimos tanto tiempo, que cuando nos bajamos estábamos muy mareadas y nos tropezamos, cayendo al suelo torpemente. La arena del parque era suave y lisa, pero al caer me corté con algo en el brazo. Al levantarme, me desorienté, y tuvimos que revolver en la tierra hasta encontrar aquello con lo que me había cortado.
Era un trozo de cristal. Pero no era transparente, sino que estaba pintado de múltiples colores, lleno de formas y estampados. Era irregular, y mientras los examinábamos tuvimos miedo de cortarnos de nuevo con él. Le dimos la vuelta, y nos encontramos con que estaba lleno de palabras que para Ana no tenían ningún significado, pero para mí sí. "Palacio de Cristal", eso es lo que ponía en aquel curioso cristal que habíamos encontrado en el parque.
Cualquier otra persona habría arrojado el cristal al suelo y habría continuado con sus quehaceres. Pero si algo me caracterizaba, era mi peligrosa curiosidad.
***
En cuestión de minutos, Ana y yo entrábamos por la puerta principal del Retiro. Era un parque precioso, lleno de árboles y tranquilos caminos por los que la gente caminaba sin prisa alguna. Nos dirigimos al Palacio de Cristal, a donde había ido con mi yaya unas semanas atrás. Entramos dentro, pero al ver que no había nada, decidimos salir del edificio y rodearlo. En la parte de atrás del Palacio había escrita otra dirección. "Estatua del Ángel Caído". Aquel monumento también se encontraba en el Recreo, y habrían ido si no fuera por el miedo que comenzaba a notarse en sus sonrojadas y sudorosas caras.
Quizás aquello no fuera una buena idea. Y de hecho, no lo era. Así que decidimos coger el metro y volver cada una nuestra casa.
Aquella noche, dejé encendida la lámpara cuando me fui a dormir. A mis recién cumplidos siete años, lo lógico sería que la hubiera dejado encendida por el miedo a la oscuridad. Pero cuando mi yaya vino a darme un beso de buenas noches, y apagó la luz, no pensé en que hubiera monstruos debajo de mi cama o en el interior de mi armario.
Porque lo único que ocupaba mi mente, era el cristal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario