Cuando abrí los ojos, supe lo que iba a suceder. Mi yaya y mis amigos sonreían, emocionados. Ella lloraba, quizás porque me había hecho muy mayor y ya no era una niña pequeña. Mis amigos escondían a sus espaldas decenas de regalos, y delante de ellos, en la mesa, había una enorme tarta con un lema: Feliz cumpleaños, Helena.
No sabía si alegrarme o entristecerme. Era genial sentirme un año más mayor, pero también era deprimente. Me hacía mayor. Tenía ya algún que otro grano, la piel grasa y las formas de mujer se hacían notar en mi cuerpo. Pero seguía teniendo mis ojos color miel, que siempre habían sido más claros que mi pelo. No brillaban con la misma intensidad, ya que mi entrada a la pubertad había sido dura. No había soportado dejar atrás mi infancia, olvidarme de las muñecas y comenzar a pensar con claridad. El peso de la responsabilidad caía sobre mis hombros, y hundía mis pies en la tierra.
Todo el mundo comenzaba a mirarme de una forma muy extraña, como si aquella expresión preocupada en mi rostro fuera por culpa suya. Pero cuando sonreí y comenzaron a caer lágrimas de felicidad por mi cara, supieron que estaba bien. Me querían, y yo a ellos también.
Alejandra me dio un abrazo enorme, de los suyos. Esos abrazos que te cortan la respiración y que parecen decir "no me dejes nunca". Ella no sabía todo lo que la quería, quizás algún día se lo dijera. Me demostró su cariño con un libro de poesía de uno de mis poetas favoritos, Pablo Neruda.
Ana no me abrazó. Era una manía que teníamos las dos. Simplemente, nos mirábamos a los ojos y sonreíamos, como queriendo dar las gracias. Me había regalado un anillo de plata, con una inscripción en el interior: Por nuestro secreto. Supe a que se refería, pero decidí no darle importancia. Aquel cristal formaba parte de mi pasado infantil, y no quería acordarme de aquello en un día tan bonito como ese.
El resto de mis amigos me regaló cosas que necesitaba: ropa, material, dinero... Sobre todo dinero. Sabían por las dificultades por las que mi yaya y yo estábamos pasando.
Mi yaya, la que se había gastado la mayor parte de sus ahorros en el regalo que más ilusión me ha hecho en mi vida. Fui a probármelo a la habitación, y cuando bajé los escalones con mis tacones negros, todo el mundo abrió los ojos, como si no creyeran lo que veían.
Por la escalera bajaba una niña, casi una mujer, con el pelo recogido en un alto moño que resaltaba el color de sus ojos. No iba maquillada, aunque tampoco lo necesitaba. Era muy bajita, pero con los tacones parecía mucho más alta.
Aquella chica llevaba un precioso vestido verde, que se ajustaba en la cintura para luego caer suavemente sobre sus piernas. Estaba guapísima. Rectifico, aquella niña era preciosa,
Aquella niña era yo.
A mi yaya se le saltaron las lágrimas cuando me vio aparecer tan bien vestida. Acudió a mi encuentro para darme un achuchón que me dejó sin aliento. Y yo era muy, muy feliz. El resto de los invitados aplaudía, alegre por aquel día tan bonito y emotivo.
Pero entonces, mi yaya se relajó bajó mis brazos, y todo su peso cayó sobre mí. No conseguía ver nada, ya que todo el mundo se había lanzado encima nuestra, y trataba de quitármela. A mi yaya, aquella que me había consolado cuando estaba triste y me decía que era una princesa. Aquella que siempre se preocupaba por mí. Aquella que había vendido su cuerpo para darme de comer.
Cuando me di cuenta de que estaba llorando, un hombre vestido de blanco fruncía el ceño. Aquel gesto de preocupación no me pasó desapercibido. Mi yaya estaba cada vez más pálida, y cuando vi que su pecho ya no ascendía y que el médico le cerraba los ojos, me desmayé.
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