Un día la profesora nos informó de que íbamos a tener una compañera nueva. Dijo que era como yo, pero no sabía a que se refería. A lo mejor tenía la misma imaginación que yo, o era igual de bajita. Pero cuando la vimos entrar a clase, supe a que se refería.
Tenía la piel del color del cacao, más oscura aún que yo. Curiosamente, sus ojos eran verdes, pero de un verde tan oscuro que casi ni se notaba; y estaban llorosos, como cuando perdí a mi peluche favorito con cuatro años. Era más alta que yo, ¿pero quién no lo era? Estaba en los huesos, y tan solo llevaba un vestido blanco descolorido con unas chanclas también blancas. Colgaba de su cuello un símbolo muy extraño. Era como una estrella, pero en vez de tener cinco puntas, tenía seis.
Observé a la niña durante mucho tiempo, hasta que me dí cuenta de que los niños se reían de ella. ¿Por qué lo hacían? ¿Era por su vestido? ¿O por su colgante? La profesora les regañó, y nos dio un discurso sobre religiones, costumbres y razas. No sé por qué, pero mis compañeros me miraban de una manera muy extraña; a mí, y a la niña nueva,que se había sentado a mi lado y miraba hacia abajo, avergonzada. Yo no entendía el por qué de aquella situación. Y le pregunté a mi profesora:
—Seño, ¿por qué miran raro a Ana?
Pero mi profesora no respondió. Entonces, sonó el timbre del recreo, y todos los niños salieron rápidamente del aula, excepto Ana, que se había quedado en su sitio.
—¿Por qué no vienes? —pregunté en mi idioma natal, por si ella también era de allí.
Sorprendida, Ana levantó la cabeza al oír que la muchacha había hablado en su idioma. Aunque todavía estaba asustada, decidió levantarse e ir con aquella niña tan extraña que hablaba como ella.
***
—¿Quieres un poco de mi bocadillo? —le pregunté ofreciéndole un trozo de mi bocadillo. Estábamos sentadas con Alejandra en unas escaleras que había en el patio, y los niños miraban mal a Ana cuando pasaban delante de ella.
—No tengo hambre —dijo ella, pero por su cara supe que sí lo tenía, así que insistí y le puse en las manos ese trozo de comida. Asustada, apartó las manos, y el bocadillo se cayó al suelo. Lo miré con lástima, ya que yo también tenía hambre y era lo último que me quedaba. —Lo siento, de verdad.
—No pasa nada —susurré mientras sonreía. —Pero la próxima vez que te dé comida, cógela.
Ana asintió, mientras cogía el bocadillo del suelo y lo limpiaba. Me daba un poco de asco, pero comprendí que tenía hambre, y la dejé hacer.
Cuando sonó el timbre que daba comienzo a la cuarta clase, Ana se estremeció. No se la veía muy contenta por entrar en clase, y no pude evitar sentir lástima por ella.
—Oye, ¿y si no vamos a clase? Podemos saltar la verja e ir al parque. ¿Qué te parece? —pregunté con temor.
—Vale —respondió Ana, poco segura de lo que iba a hacer.
—¡Será una gran aventura! —grité yo, notando como la adrenalina corría por mis venas.
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