Aquella mañana, una luz me despertó. La ventana estaba cerrada, al igual que la puerta. Pero las cortinas no impedían que la luz se adentrara en la habitación. Sonreí, ya que hacía mucho tiempo que no veía la luz del sol. Llevaba una semana entera allí, quizás más, pero ya no lo recordaba. Aunque comenzaba a estar más a gusto, todavía echaba de menos a mi yaya. Pero la amistad que comenzaba a tener con Ricardo lo hacía todo mucho más fácil. Jamás un chico se había preocupado tanto por mí. Parecía estar pendiente de todo lo que hiciera, como si tuviera miedo de que me pasara algo. Me quería, o eso suponía yo.
De repente, alguien llamó a la puerta, interrumpiendo mis pensamientos. La golpeó tan flojo que tuve la impresión de que lo hacía para que sólo yo le oyera. Así que me puse la bata y, a gatas, me acerqué a la puerta. Alguien había dejado una bandeja en el suelo, con un cruasán y un vaso de zumo. Me comí aquel delicioso desayuno a los pies de mi cama, tratando de no hacer ruido. Estaba delicioso y, por lo bajo, le di las gracias a mi amigo anónimo. Mi yaya solía hacer cruasanes los domingos por la mañana, solo que, en vez de zumo, me daba un vaso de leche con chocolate. Ay, mi yaya. Lo que la echaba yo de menos no podía compararse con nada en el mundo. Pero debía seguir adelante, y eso hice.
Cuando las chicas comenzaron a levantarse de la cama, escondí la bandeja en uno de mis cajones, deseando que nadie la encontrara.
Hice como si me acabara de despertar, me vestí y me dirigí al comedor, donde seguramente me esperaba otro cruasán.
***
La mañana transcurrió tranquilamente, sin complicaciones, y mi estado de ánimo me delataba. Era raro verme tan feliz, como si mi yaya no hubiera muerto y no hubieran cosas que me preocuparan. Quizás estaba aprendiendo a controlarme a mí misma. Quizás mi admirador secreto había dejado huella en mí.
Quizás tuviera un plan.
Sólo tenía que hacerme con una cuerda lo suficientemente larga para poder atarla a lo alto de la habitación, donde había una gran ventana. También busqué alguna mochila que pudiera servirme, y metí en ella algo de comida que había robado y ropa suficiente para unos cuantos días. Me emocionaba enormemente el hecho de huir. La adrenalina corría por mis venas, y supe que lo conseguiría. Pero, ¿a dónde iría? ¿A mi antigua casa, que se había quedado deshabitada? Era una buena idea, pero sería el primer lugar donde me buscarían. Ya pensaría en algo...
Conseguí una cuerda que las encargadas de la limpieza utilizaban para tender la ropa sucia. Era muy fina, pero lo suficiente larga como para no hacerme daño. Después de haberme preparado y haber dejado atrás a mis compañeras de habitación, traté de subirme a la cuerda. No conseguiría subir a pulso, así que decidí subir apoyando las piernas en la pared, como si anduviera.
Cuando me encontré a salvo, con los pies fijos en el asfalto, grité. No pronuncié una sola palabra, tan sólo ese grito de euforia y felicidad. Por fin era libre.
***
Mientras caminaba por la acera, un suave viento me acariciaba la espalda, creando pequeños escalofríos que recorrían todo mi cuerpo. Tenía una bolsa de gominolas en la mano, como aquel primer día de colegio en el que mi amiga Alejandra dejo caer ante mí una bolsa como aquella. Desde entonces, tenía una horrible predilección por las chucherías, no me importaba cómo fueran ni ellas ni su sabor. Me traían buenos recuerdos, y eso era lo que me importaba. Cuando quise darme cuenta, una lágrima corría por mi rostro, fugaz. Luego otra, y otra. Así hasta que, tumbada en la cama de mi antigua casa, dejé de llorar.
Le eché un vistazo a mi habitación. Estaba llena de carteles y estanterías con libros. Siempre me había gustado leer, aunque hacía mucho que no leía nada interesante. Quizás no tenía los ánimos suficientes para ello, o quizás tenía un hueco en mi corazón que ni los libros podían llenar.
Cogí mi bolsa de deporte, y metí en ella lo que creía que iba a necesitar. Dinero, ropa, el móvil y mi libro favorito. Sabía perfectamente a donde ir.
Sabía que me acogerían como a una hija.
Sabía que me cuidarían bien.
Sabía que Ana y su familia estarían esperándome.
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