A las doce de la noche llegué a casa de los Anderson, la familia de Ana. No había pensado en qué dirían cuando me vieran llegar, pidiendo ayuda y sin saber qué hacer. Tenía miedo de su reacción, ya que, en el fondo, no estaban obligados a cuidar de mí, y era muy probable que no lo hicieran.
Llamé al timbre, esperando que saliera mi amiga a recibirme con los brazos abiertos. Pero nadie vino a abrir la puerta. De repente, me di cuenta de que las persianas estaban bajadas, y de que no había un ápice de luz en varios metros a la redonda. Comenzaba a tener frío, pero era tal mi esperanza, que dormí a los pies de la puerta hasta que se hizo de día. La casa continuaba vacía y silenciosa.
Por primera vez en mucho tiempo, la esperanza parecía haberse helado en mi interior tras aquella fría noche invernal. Sabía que nadie iba a aparecer al otro lado de la puerta. Que nadie me esperaba con los brazos abiertos.
Estaba sola. Completamente sola.
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